Un propósito de 42 kilómetros
Me encanta postergar. Y durante mucho tiempo, postergué una pasión.
Ya lo voy a empezar a hacer.
Primero tengo que hacer esto, antes debo hacer esto otro, me decía.
Correr siempre estuvo ahí, guardado, relegado por la inercia del día a día o quizás por esa idea silenciosa de que lograr esa constancia era un atributo reservado para otros.
Lo cierto es que siempre me gustó pero me gustaba aún más la idea de ”quiero que me guste correr”.
Disfrutar del viento en la cara. De cada zancada, de cada paso y de sumar kilómetros sin ahogarme. Progresar y mejorar.

Todo era aspiracional hasta que una pregunta se hizo carne: ¿qué estás dispuesto a hacer para lograrlo?
Hay algo poderoso en decidir ir por lo propio. No por lo que “debería” ser, ni por lo que los demás esperan, sino por lo que de verdad te importa.
Y así fue que retomé este camino hace dos años. Primero empecé a andar solo hasta que llegué a mi techo y decidí hacerlo acompañado sumando un entrenador y un equipo.
Pedir ayuda se susurra o se grita
Así fue que en enero de este año nació de un deseo profundo tan aspiracional como ambicioso, correr la Maratón de Buenos Aires.
¿Para demostrarme qué? quizás que puedo lograr mucho más de lo que imagino al conectarme con algo que disfruto enormemente, pero sobre todo, de probarme que podía ser constante, disciplinado y honrar mi compromiso.
Cuando elegimos un objetivo con sentido, descubrimos que es algo mucho más grande. Nos exige salir de la comodidad, reorganizar hábitos y asumir el protagonismo que requiere nuestro propio movimiento.
Elegimos quedarnos quietos o movernos.
Elegimos postergar o encarar.

Quizás creemos que "disfrutar" implica que todo sea fácil, fluido y sin incomodidad. Y es necesaria algo de incomodidad. La justa y necesaria para estar en expansión.
En el coaching y en la vida, disfrutar el proceso es darle sentido al trabajo cotidiano.
Para mí, disfrutar la maratón no fue únicamente la emoción en la largada o la alegría al recibir la medalla. Incluso nada de esto fue perfecto y me encantaría decir que no me salteé ningún entrenamiento, que mi alimentación fue perfecta y que descansé lo debido.
Hubo días en que no tenía ganas, hacía demasiado frío o me sentí muy cansado en pleno entrenamiento. Sin embargo fue mucho más fuerte mi deseo de habitar con presencia las 14 semanas de preparación dándole el valor necesario a la disciplina y a pedir ayuda cuando la necesité.
Un quiebre declarado
La maratón, al igual que la vida y los proyectos que nos importan, siempre guarda una conversación desafiante para el final.
Más que correrla quería disfrutarla. Ese era el gran objetivo.
Llegar a la largada era la consecuencia natural de la preparación.
Durante gran parte logré hacerlo. Todo fluía.
Hasta que alrededor del kilómetro 32 la historia cambió.

La fatiga se hizo sentir y tuve que bajar el ritmo para cuidarme estratégicamente. La metáfora del muro en todo su esplendor.
Unos kilómetros después un calambre muscular intenso me frenó en seco. Ahí es donde el coaching deja de ser teoría y se vuelve vivencia pura.
Frente al dolor y la incertidumbre, la respuesta no podía ser el pánico ni la resignación. Fue el autoliderazgo en tiempo real.
Elegí escuchar la señal del cuerpo sin juzgar la situación ni caer en un diálogo interno catastrófico.
Parar y estirar unos segundos. Reajustar la expectativa del momento y adaptar el ritmo para proteger las piernas.
Retomar un trote progresivo, recuperar la confianza paso a paso y encontrar la fortaleza mental para cruzar la meta.

Logré hacerlo en 04:01:58. Emocionadísimo. Feliz.

Para mí completar estos 42 kilómetros no representa únicamente un tiempo en el reloj. Es la prueba de que liderarse es aprender a dialogar con la dificultad, ajustar cuando el escenario cambia y sostener la convicción intacta.
La verdadera conquista no estuvo solo en cruzar el arco de llegada, sino en construir la evidencia diaria de que cuando decidís encarar algo con convicción, sos capaz de cumplirte.
El camino no aparece primero para ser recorrido. Se construye mientras avanzamos. En el hacer. En probar. En animarse a seguir incluso cuando el plan original tiene que recalcularse.
Hoy te invito a hacer una pausa y preguntarte: ¿Qué objetivo o pasión dejaste de lado por creer que la constancia no era para vos? ¿Qué decisión estás postergando hoy? ¿Qué pequeño paso podrías dar hoy para seguir construyendo la evidencia de que podés cumplirte lo que prometes? |
No se trata de hacerlo perfecto. Se trata de hacerlo real.
Andrés Finozzi
Coach | Colaborador · #EquipoTrascender

