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Un quiebre es una interrupción en el fluir transparente de la vida.

Si al subir la escalera, uno de los escalones hace un crujido extraño o cede, tal escalón se nos aparece como objeto. Aquello que antes nos era transparente emerge ahora en nuestro campo de atención, tomamos conciencia de ello y concita nuestro pensamiento.

¿Qué es lo que hace que se produzca el quiebre? :

Todo quiebre involucra un juicio de que aquello que acontece, sea ello lo que sea, no cumple con lo que esperábamos que aconteciera. Un quiebre, por lo tanto, es un juicio de que lo acontecido altera el curso esperado de los acontecimientos. Si no tuviéramos juicios no tendríamos quiebres.

Todo quiebre modifica el espacio de lo posible y transforma nuestro juicio sobre lo que nos cabe esperar.

En algunas ocasiones los quiebres restringirán lo que es posible, si pincho un neumático, perderé la oportunidad de estar temprano en el lugar al que me dirigía. Como podemos apreciar, además de hacer un juicio de que lo acontecido es un quiebre, haremos un juicio negativo sobre el propio quiebre. Lo vivimos como un quiebre negativo o problema.

Sin embargo, la transparencia también se puede quebrar cuando sucede algo que supera nuestras posibilidades. Si me llegara la noticia que de que soy el ganador del “5 de oro”, ello interrumpirá la transparencia en la que me encontraba y constituirá un quiebre. Pero este constituirá un quiebre diferente al anterior. Ello nos permite hablar de un quiebre positivo.

 

Los quiebres habitan en el observador:

Es común asimilar la definición de quiebre a la de problema. Una ventaja en la poder distinguir entre quiebre y problema es que el clasificar una situación como quiebre nos permite reconocer que ella pueden ser tanto negativa como positiva. El problema suele asumir una carga negativa.

Todo problema es siempre función de la interpretación que lo sustenta y desde la cual se le califica como problema. Esta interpretación no debe darse siempre por sentada.

De esta manera, aquello que originalmente se definía como problema, al modificar la interpretación, puede ahora aparecer como una oportunidad.

Hace mucho tiempo, un rey colocó una gran roca

obstaculizando un camino al palacio.

Se escondió y miró para ver si alguien quitaba la tremenda roca.

Algunos de los comerciantes más adinerados del reino

y algunos cortesanos pasaron simplemente dando una vuelta.

Muchos culparon al rey ruidosamente de no mantener los caminos

despejados, pero ninguno hizo algo para sacar la gran piedra del camino.

Entonces un campesino que pasaba por allí con una carga de verduras,

se enfrentó con la roca. Al aproximarse a ella, el campesino

puso su carga en el piso y trató de mover la roca a un lado del camino.

Después de empujar y fatigarse mucho, con gran esfuerzo lo logró.

Mientras recogía su carga de vegetales, vio una bolsa en el piso,

justo donde había estado la roca.

La bolsa contenía muchas monedas de oro y una nota

del mismo rey indicando que el oro era para la persona

que removiera la piedra del camino.

El campesino aprendió lo que los otros no entendieron.

“Cada obstáculo representa una oportunidad”.

 

Podemos preguntarnos, por ejemplo, ¿Por qué ésto es un problema para mí? o ¿de qué forma sería posible transformar este problema en oportunidad? Pero también podemos hacer algo más. Dado que el observador es el que constituye una situación en quiebre y, por lo tanto, quien lo genera, no es necesario esperar que nos “ocurran” quiebres. Dado que los quiebres son juicios y los juicios declaraciones, podemos hacer una declaración de quiebre sin esperar que nos sucedan.

Cada vez que declaramos ¡basta! Estamos de hecho declarando un quiebre.

 

Quiebres inesperados vs quiebres declarados:

Podemos identificar dos formas de ocurrencia de los quiebres.

La primera, la más habitual, se refiere a situaciones en donde el quiebre aparece como tal, emergiendo de un juicio que nosotros hacemos. Se trata de situaciones dentro de las que, en nuestra comunidad, existe el consenso sobre lo que cabe esperar. Por lo tanto cuando estos acontecimientos ocurren, parecieran no necesitar que hagamos juicio alguno. El juicio antecedía al acontecimiento. Es el caso de los quiebres inesperados. La persona automáticamente espera que algo ocurra e inesperadamente eso no sucede.

La segunda forma de ocurrencia es aquella en que el quiebre surge porque un individuo decide declararlo: son los quiebres declarados. Dentro de los condicionamientos a los que estamos sometidos, el individuo tiene la capacidad y autonomía de declarar distintos grados de satisfacción o de insatisfacción. Aquello que puede ser aceptado para uno puede ser rechazado para otro, y las vidas de uno y otro serán diferentes de acuerdo a cómo hagan uso de la capacidad que cada uno tiene de declarar quiebres.

Cuando nos decidimos a aprender algo nuevo, estamos declarando un quiebre, las cosas pasan como pasan, y nosotros juzgamos que nos iría mejor si tuviéramos alguna competencia que no tenemos, por lo tanto nos disponemos a aprender.

Muchas veces decimos: “está todo bien” pero dentro nuestro sabemos que hay una cantidad de espacios que requieren de nuestra atención. Pero pareciera que si no los reconocemos es como si no existieran. Nos quedamos esperando como si se pudieran solucionar solos. Lo único que necesitan es nuestra atención y la declaración de que no queremos seguir así.

La declaración de QUIEBRE es la posibilidad de decir BASTA cuando no queremos más de lo que está pasando. Esta es una declaración que está profundamente relacionada con el tiempo que transcurre entre el momento en que necesitamos decir basta y el momento en que podemos hacerlo. Muchas veces nos quedamos postergando nuestra atención sin darnos cuenta que ese momento no llega nunca a menos que lo hagamos llegar nosotros mismos. Sin quiebres no hay aprendizaje ni crecimiento.

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