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La mirada del otro

En la película El Señor de los Anillos el señor de la Oscuridad, el terror de la Tierra Media es un gran Ojo que observa.

Interesantemente en nuestras vidas a veces también la mirada del otro nos causa terror y muchas veces determina como nos sentimos. Nuestra imagen ante los demás nos preocupa. Y a menudo muchísimo.

¿Cuánto te afecta la mirada del otro?

¿Hasta qué punto actúas en función de la opinión de los demás?

¿Cuánta autoridad le das al juicio de otras personas sobre ti?

¿Cuánto toleras tener una mala imagen? O la falta de reconocimiento? O que no te quieran?

Cuando el otro nos ve parece validar muestra existencia… como el fenómeno del Efecto Observador de la física cuántica. No es posible separar el observador de lo observado.

¿Cómo manejar efectivamente este fenómeno?

Reorientando la mirada del otro hacia mí. Cuando el otro no me reconoce puedo preguntarme ¿cuánto me reconozco yo? Cuando el otro me juzga negativamente ¿en qué medida yo también lo hago?

Cuando el otro no me ve… ¿cuánto me estoy viendo yo?

Quizás más que terror como en la película, la mirada del otro pueda transformarse en un espejo de nosotros mismos, para mirarnos y conocernos un poco más… para reconocernos y ser nuestro propio observador, un observador que esta co-creando su realidad.

Que preguntas vas a tener a mano ante la mirada del otro?

Yo uso las siguientes: ¿qué estoy imaginando que el otro piensa de mí? ¿será que ese pensamiento es más mío que del otro?

Y muchas veces reconozco que si…

Mirándote como el ser humano de infinitas posibilidades que todos somos, te saludo con mucho reconocimiento:

Basado en Trabajos del Médico psicoterapeuta Norberto Levy

¿Es posible definir el Amor?

En su dimensión más vasta llamamos “Amor” a la energía que sustenta al universo y lo hace funcionar. Es ese principio cohesivo que enlaza y articula todo lo existente.imagenes-de-amor-corazon-con-alasDesde este punto de vista Dios y Amor son sinónimos, y así como es imposible abarcar todos los atributos de Dios, también es imposible definir completamente al Amor a través de conceptos.
Para acercarnos al amor en la dimensión humana tal vez podamos comenzar observando simplemente nuestras manos. Cómo se relacionan entre sí mientras realizan las tareas del día: ponerse la ropa, abrochar un botón o preparar un café. Todas las tareas. Observarlas con detenimiento y mirar la relación. Allí hay ayuda recíproca, ajustes continuos, acoplamientos precisos, sentido de equipo… Esa es la cooperación del amor.
En cada nivel el amor adopta la forma que le corresponde a ese plano. En el nivel personal, por ejemplo, el amor se manifiesta básicamente como respeto, solidaridad y cuidado, y según la circunstancia podrá ser amor pasional, fraternal, paternal o religioso, entre otros.
Sea cual fuere la forma, la trama esencial de la experiencia del amor es la que surge del reconocerse como dos partes distintas de la misma unidad mayor. Lo mismo que ocurre, automáticamente, entre las dos manos de un ser humano.
Expresado con otras palabras: el Amor es la memoria que la Unidad tiene de sí misma en la diversidad.
¿Cómo está presente esa memoria de la Unidad en la dimensión humana?

La conciencia individual de cada uno parece borrar el reconocimiento de que somos partes de la misma unidad y solemos percibirnos sólo como individuos separados, extraños, y en ocasiones, además enemigos. En ese marco la llama del amor queda temporariamente oscurecida y ésa es precisamente la tarea humana: vivir una serie de experiencias que, por caminos muy diversos, van ayudando a recuperar de un modo conciente el mismo reconocimiento que, en forma automática, ya tienen las manos en tanto partes del mismo cuerpo. Es decir, alcanzar a reconocer, con el corazón y la mente, que los seres humanos también somos células integrantes y, además, concientes, del gran organismo universal.

La sabiduría es el amor hecho autoconciencia. Es la energía del amor convertida en concepto, conocimiento, enseñanza.

¿Cómo actúa la sabiduría frente a un conflicto?

Un conflicto es un vínculo en el que cada parte cree que la solución radica en la eliminación del otro: “Yo estaré bien sólo si logro vencerlo o apartarlo”. Esta es la esencia del conflicto tanto en el universo interpersonal como intrapersonal.
Un conflicto intrapersonal típico es el que se da entre los impulsos y la mente.
El impulso dice: “Yo quiero expresarme, converti me en acción, y tú, mente, no me dejas. Te la pasas calculando y anticipando y no me dejas vivir. Quiero eliminarte para poder ser feliz”.
La mente responde: “Tú avanzas enceguecido y traes más problemas que otra cosa. Estoy harta de que te equivoques, te ilusiones, te engañen, y tener que pasarme la vida tratando de arreglar los platos rotos. Te voy a frenar como sea porque eres un peligro total”
Y así puede continuar largamente esta batalla con todo el daño y sufrimiento que acarrea hasta que alguien pueda devolver la armonía a ese sistema.
Esa es la tarea de la sabiduría. Ella es la que puede reconocer la parte de verdad y de error que hay en cada antagonista y explicárselo a cada uno de ellos del modo en el que lo puedan entender. De esa forma contribuye a reconstruir el vínculo de complementariedad perdido entre los impulsos y la mente, ese vínculo en el que ambos se pueden volver a reconocer tan necesarios el uno para el otro como lo son las dos manos entre sí.
Los impulsos y la mente podrían compararse con el acelerador y el freno. Vistos en forma aislada parecen opuestos que se anulan uno al otro. Recién cuando se incorpora la imagen del auto en el tránsito, es que se comprueba que son complementarios: puedo acelerar porque cuento con el freno y viceversa.
Conectar con la unidad mayor que permite ver lo complementario que hay en lo aparentemente opuesto es lo que hace la sabiduría del amor.

¿Qué relación hay entre el “amor propio” y el amor?

Lo que llamamos “amor propio” u orgullo es una forma distorsionada de intentar compensar la falta de amor hacia uno mismo. Si me descalifico y me reprocho en exceso, como ocurre, por ejemplo, en ese diálogo imaginario entre los impulsos y la mente, ambos componentes terminan viviendo en un estado de maltrato crónico, como en “carne viva”. Por lo tanto no tienen resto para absorber las frustraciones cotidianas y demandan un trato externo que compense ese maltrato interior. Si en esas condiciones alguien me dice por ejemplo que algo de mí no le gusta, entonces “desborda la copa”, me siento muy herido, me ofendo, me tenso y me cierro. A esa actitud la llamamos orgullo. Desde afuera lo que se ve es que ante “cualquier cosa” me ofendo y me cierro, y eso, por supuesto, molesta a los demás. Si uno ingresa en el estado interior que produce a la respuesta orgullosa se ve otro escenario completamente distinto: en esencia, sensación de minusvalía.

¿Amar es dar?

Ésa es una definición tradicional del amor que es parcial y produce confusión porque asocia el amar a una acción y uno puede comprender mejor la calidad de esta energía cuando comprende que no es una acción particular sino una forma de llevar a cabo cualquier acción. Por lo tanto hay un dar amoroso y también un recibir y un pedir amoroso. Cuando formulo mi necesidad y mi pedido de un modo que tiene en cuenta al otro y reconoce respetuosamente su derecho a decir que no, ése es un pedir amoroso.
Esta ampliación conceptual nos ayuda a comprender que tanto la actitud emisora como la receptiva pueden ser realizadas amorosamente. Es decir que el amor no es patrimonio de ninguna de ellas en particular.

¿Esta caracterización de lo que es amoroso se extiende también a las emociones?

Así es. Pensemos en el enojo que parece una de las más alejadas del amor. Aunque resulte paradójico existe el enojo amoroso y es aquel que se expresa como autoafirmación clara que, sin agraviar, presenta con toda la fuerza necesaria qué es lo que propongo o reclamo que ocurra para que mi enojo pueda cesar. Dicho muy sintéticamente: el enojo no amoroso es aquel que destruye mucho y resuelve poco y por el contrario el enojo amoroso es aquel que orienta su energía hacia la efectiva resolución de lo que me enoja provocando el mínimo daño posible a los protagonistas de la situación.
Esto vale también para el miedo, la envidia, la vergüenza o cualquier otra emoción. Cada una de ellas tiene una forma más o menos amorosa de expresarse.

Todos los estados emocionales tienen su opuesto… ¿el amor también lo tiene?

El amor es más que una emoción, es una calidad de energía y el plano emocional es sólo una de sus formas de manifestación. Dentro de esta forma, en un nivel sí tiene opuesto y en otro no. En un nivel más restringido, si el amor es lo que conecta y articula, los opuestos del amor son todas las fuerzas que obstaculizan ese proceso, y no es una sola la que lo hace, son varias: el odio, la indiferencia, el miedo y la dominación.
Ése es el nivel de la dualidad de los opuestos, pero no es el único. Existe otro plano de conciencia, más expandido, desde donde el amor y el odio son sólo aparentemente opuestos pues ambos se revelan también como componentes de una unidad mayor que los abarca e incluye por igual. Y esa unidad mayor es el Amor, con mayúscula.
Puede resultar extraño, y también suele producir confusión, que según el nivel que se considere el amor sea un polo y también la totalidad que lo incluye como tal. Por este motivo es que suele utilizarse el término “amor” con mayúscula y minúscula como una forma de distinguir el plano que se describe.
Una idea que ilustra muy bien este tipo de relación entre dos niveles es la noción de “orden” y “caos”. En un plano restringido ambos pueden funcionar como opuestos, pero desde una perspectiva más expandida, el caos se revela también como un momento más de un orden mayor. Es decir, el Orden —más vasto— incluye al orden —más restringido— y al caos como dos momentos de su devenir.
Otro ejemplo de lo mismo está presente al considerar el tiempo breve y el extenso. “El minuto” y “el siglo”, por ej,. Lo que aparece como caótico en un período breve se revela también como ordenado en otro nivel más expandido.
Ésta es, por otra parte, la esencia del “dar sentido”, es decir, describir un universo mayor en el que aquello que aparecía como meramente destructivo cobra un significado y una razón de ser dentro de un proceso evolutivo más amplio.

¿El amor tiene sus leyes?

Una de las leyes que el amor conoce es que la parte puede estar bien de un modo íntegro y duradero en la medida en que el conjunto al cual esa parte pertenece también lo esté.
Un miembro de una pareja puede estar bien en la medida en que la estructura pareja esté bien. El marido o la esposa puede sentirse bien mientras somete a su cónyuge pero eso es sólo durante un breve tiempo. Es difícil imaginar un ser que experimente un completo bienestar rodeado de dolor. Ese dolor vuelve. Esto es así porque la trama que enlaza los destinos de la parte y el conjunto es muy fuerte y en un sistema que funciona a alta velocidad la contundencia de dicha trama se ve de inmediato. Cuando los sucesos ocurren a velocidad menor, la relación entre la parte y el conjunto no se hace tan evidente.
Para comprender mejor esto imaginemos que tengo una infección en todo el brazo y que la fiebre aparece recién a los diez años de haber comenzado la infección. Me resultaría difícil comprender el enlace entre una cosa y la otra. Lo mismo ocurre con muchos acontecimientos humanos: cosechamos los resultados mucho tiempo después de haber sembrado la semilla y eso nos dificulta la comprensión de la relación causa-efecto. Por eso, algunos afirman —y adhiero a esa idea— que en el planeta Tierra, en el cual los sucesos transcurren a baja velocidad, es necesario aprender a reconocer ciertas leyes que ya han sido descubiertas por sistemas que han funcionado a alta velocidad y que han permitido ver los enlaces naturales entre la parte y el conjunto. Sí es cierto que existe una conciencia solar y si es cierto que existen formas de vida en las cuales ocurre lo mismo a alta velocidad, es muy probable que estos sucesos ya hayan sido descubiertos, comprendidos y establecidos, como leyes naturales. Por eso el ‘Ama a tu prójimo como a ti mismo” no es “el más difícil de los mandamientos” como suele decirse sino simplemente la expresión de una de esas leyes.
El Dalai Lama habla de “el egoísmo altruista” o “el altruismo egoísta”. Es una forma muy sintética de integrar dos actitudes que parecen completamente opuestas y que en el amor se tornan complementarias.
Yo para que tú… y tú para que yo…
¿El amor a sí mismo es una forma de egoísmo?

El egoísmo tiene que ver con el deseo inmaduro, que se siente en el centro de la escena y se satisface exclusivamente con su realización, sin tener en cuenta todo lo demás. El amor a sí mismo trasciende ese plano. Ama lo que le gusta de sí mismo y también lo que no le gusta. Puede no gustarme mi parte insegura y amarla igual. Amarla no quiere decir consentirla en el sentido de la complacencia, quiere decir tenerla en cuenta, respetarla y asistirla. Recién cuando he aprendido a amar lo que no me gusta de mí es que puedo amar lo que no me gusta de los otros, es decir todo aquello que no satisface mis deseos inmediatos. De modo que el amor a mí mismo no sólo no excluye el amor a los demás sino que es precisamente quien lo posibilita.

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