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Autoafirmación y enojo

La autoafirmación es un término clave para comprender mejor la función resolutiva del enojo.

¿Y qué es autoafirmarse? Es, como su nombre lo indica, afirmarse a sí mismo. Es expresar con claridad la propia necesidad o punto de vista. Poder hacerlo no es sinónimo de salud psicológica, pues esta función se puede ejercer de un modo maduro o inmaduro. Pensemos, por ejemplo, en un vínculo de pareja: la autoafirmación es inmadura cuando la expresamos de forma invasiva y desconsiderada, es decir, cuando presentamos nuestra necesidad sin tener en cuenta a quien nos escucha. « quiero esto, y no estoy dispuesto a dar el brazo a torcer!». Esta modalidad se acerca más al mero ego centrismo despótico. Es, en cambio, madura, cuando no sólo presentamos nuestra necesidad claramente sino que, además, lo hacemos de un modo que contempla las posibilidades de recepción del destinatario y asumimos luego una actitud receptiva para escuchar la respuesta.

Resumiendo, la autoafirmación inmadura pretende imponer. en tanto que la madura tiende a proponer

La autoafirmación, como se puede observar en esta descripción, está más allá del enojo; es una función básica para realizar cualquier intercambio y, sin embargo, no todos con tamos con esta capacidad, aun en las sencillas acciones de la convivencia diaria.

En la situación de enojo la capacidad de autoafirmación queda sometida a su mayor desafío, a su momento más arduo. Si uno no cuenta con ella para las situaciones habituales, más difícil le resultará apelar a ella durante el enojo.

Cuando uno ha aprendido a hacerlo, ese excedente de energía que es el enojo se encauza fortaleciendo la autoafirmación, y la autoafirmación alcanza su plenitud funcional cuando apunta a la resolución del problema .

Para comprender mejor esto, volvamos al ejemplo de Elena: ella se enojó con su marido porque no la consultó acerca de los arreglos en su casa y expresó su ira obstruyen do la ejecución para perjudicar a su esposo. De acuerdo con esta propuesta ella hubiera podido expresar: «Tú has decidido los arreglos sin consultarme, eso hace que me enoje, porque la casa es de los dos y los dos vivimos en ella, y lo que yo necesito es que me consultes. Te propongo que discutamos ese proyecto, que nos pongamos de acuerdo en lo que vamos a hacer y luego llamemos a los albañiles.»

Esto es autoafirmarse con claridad, firmeza y respeto.

Es así en la medida en que Elena nombra, sin descalificación lo que su marido hizo y a ella le molestó. dice por qué le molestó y propone con claridad lo que necesita que ocurra para que su enojo cese.

Lo que ella hizo, en cambio, fue quedar enredada en la pelea con su marido: se enfadó con él porque no la consultó, no se lo dijo y luego obstruyó la ejecución para dañarlo.

Se «olvidó» del tema central —no ser consultada—y por lo tanto no hizo nada para resolverlo, y desplazó el eje hacia la venganza sobre su marido.

Dejó de tener un problema con su marido y su marido pasó a ser su adversario en una batalla que se dirimía para ver quién quedaba más perjudicado.

Cuando el enojo toma ese camino, todos pierden.

 

¿Enojo, ira y odio son lo mismo?

Los tres términos aluden a la misma emoción en diferentes grados de intensidad. El enojo suele asociarse al grado menos intenso. La ira, en esta escala, representa una forma intermedia, y el odio, la forma más intensa y destructiva.

¿Qué relación existe entre enojo y resentimiento?

El resentimiento es enojo enfriado y «cronificado», producto de un enojo que nos desorganizó y que, por lo tanto, no pudimos expresar ni resolver en el momento en que lo vivimos.

 

 

¿Qué relación existe entre miedo y enojo?

Las dos emociones tienen en común el señalar la presencia de algo que es vivido como amenazador tanto para la propia identidad como para algún deseo particular. Se activará el predominio del miedo o del enojo según la relación de proporción que exista entre la magnitud de la amenaza y los recursos con que se cuente para resolverla.

 

Preguntas útiles en el momento del enojo:

En el momento mismo de comenzar una discusión, tratar de responder a un par de preguntas. La primera es: “Qué tendría que ocurrir aquí para que mi enojo pudiera cesar lo antes posible?

La segunda está muy relacionada con la primera y es, en realidad, otra faceta de lo mismo. Consiste en preguntarse: “Esto, cómo se arregla?”

Estas preguntas son como llaves que abren una nueva actitud mental.

Cuando me enojo no quiero proponer sino exigir…

La «propuesta», en sentido genérico, tiene, efectivamen e, múltiples matices que es necesario discriminar: pedir, sugerir, invitar, proponer, demandar, reclamar, exigir y, por último, imponer y ordenar.

La diferencia entre cada una de ellas depende del grado de legitimidad que le demos al «no» como respuesta. Cuando pedimos, sugerimos, invitamos o proponemos estamos admitiendo al «sí» y al «no» como respuestas igualmente legítimas. Cuando demandamos, reclamamos, exigimos o finalmente, imponemos u ordenamos, estamos disminuyen do progresivamente hasta la cesación la legitimidad del «no». Esto significa que si en ese contexto la respuesta es «no», está implícito que lo que sigue es la confrontación de una oposición.

La diferente calidad de cada forma de comunicación está dada no sólo en aquello que se dice, sino también en cómo se dice. El tono con que algo se dice es lo que muchas veces define si se trata de una propuesta, una demanda o una orden.

Cada situación de enojo, según el contexto en que se da, requiere alguna forma específica de este abanico de posibilidades.

Existen situaciones en las que la orden es pertinente y necesaria. Por ejemplo, soy el jefe de una sección, le encargo una tarea a un empleado para que la realice en las próximas horas, y al culminar ese tiempo me informa de que no la hizo. Me enojo con él y le ordeno que la haga de inmediato.

En general la orden es pertinente en el marco de las relaciones jerárquicas y vinculadas a tareas previamente convenidas. El problema surge cuando la actitud de dar órdenes se extiende a otros ámbitos no regidos por esas mismas reglas , lo que ocurre muy a menudo.

Por ejemplo, entre pares la orden no tiene lugar, como así tampoco en los conflictos del universo emocional: no podemos ordenarle a alguien que nos quiera, o que nos ad mire o que nos crea, o que se divierta con nosotros, etc.

Si para que cese nuestro enojo con alguien necesitamos que se produzca un cambio en su actitud o en su sentimiento, nuestra única posibilidad es transmitírselo y dialogar todo el tiempo necesario hasta que ese alguien se sienta de acuerdo con la propuesta. Y ese diálogo sólo puede darse cuando está muy claro para ambas partes que el «sí» y el «no» son respuestas igualmente legítimas, más allá de que una pueda gustarnos mucho más que la otra.

 

“Yo le tengo miedo al enojo del otro. ¿A qué se debe?”

Muchas personas dicen: «No he dicho tal cosa por miedo a que se enojara.» Esas personas imaginan el enojo del otro como el fin de todo, algo que debe evitarse a toda costa y que, cuando ocurre, es una catástrofe sobre la cual nada se puede hacer.

Lo que cura ese miedo es saber que «la película» no acaba con el enojo del otro, que si hemos aprendido a autoafirmarnos respetuosamente, luego de escuchar la ira del otro podemos seguir presentando nuestro punto de vista de tantas maneras como sea necesario. Que, por nuestra parte, no vamos a agravar el enojo existente, y que, si bien el tramo del enojo es tenso e intenso, de ahí también se puede volver y cuando se resuelve el problema se retorna enriquecido. Por lo tanto, el enojo del otro no es el punto final de la discusión ni del vínculo, sino sencillamente un momento más de esa relación.

“Yo me ofendo fácilmente y me cierro; ¿tiene que ver con esto?”

Sí. Uno se ofende cuando se siente herido por algo que el otro hizo y se apoya en la idea de que el otro «no tendría que haber hecho eso!». Entonces se cierra y se retira. Uno no puede decirle que se siente herido porque generalmente ello implica mostrar un aspecto propio especialmente sensible o vulnerable que cuesta reconocer. De ese nudo interior surge la ofensa y el corte.

Cuando uno comienza a legitimar interiormente el propio aspecto vulnerable se le hace más sencillo reconocerlo ante el otro y comunicar la herida que ha experimentado. Al abrir ese estado se hace más fácil aceptar que el otro hizo lo que hizo, uno no se centra tanto en que « tendría que haberlo hecho!» y orienta su energía en la dirección de: «Dado que hizo lo que hizo, veamos cómo se resuelve.»

 

“Yo no puedo enojarme con la gente que quiero, y eso me trae problemas…”

Cuando uno cree que enojarse es pelearse y comenzar una escalada hacia la destrucción del vínculo, no tiene más remedio que «cerrar los ojos y dejar pasar», aunque después le traiga problemas. A esta confusión se agregan algunas creencias muy generalizadas, que dicen: «Si quieres a alguien no puedes estar en desacuerdo con él», o «Si expresas el enojo, el afecto se perderá».

Lo que tienen en común estas creencias es que suponen que el afecto y el enojo se excluyen recíprocamente: o uno o el otro. Y, en realidad, es exactamente al revés: una de las actitudes que más ayuda a que el enojo conduzca a un camino resolutivo es poder sentir y expresar el enojo con afecto.

 

“Yo expreso bien mi enojo y el otro me contesta mal y sigue haciendo lo que quiere…”

Expresar bien el enojo no garantiza que el otro vaya a cambiar de acuerdo con nuestro deseo. Sólo asegura que uno «no echa más leña al fuego» y que está creando las condiciones más propicias para que el desacuerdo se resuelva. A menudo el cambio de actitud de uno se va propagando al otro, que capta esa nueva atmósfera emocional y aprende otra forma, más respetuosa y resolutiva, de expresar el enojo. Pero también es probable que no ocurra así y perdure en el otro su manera habitual y destructiva de enojarse. En ese caso lo que uno sí tiene es la certeza de que ha actuado de la forma adecuada y que las cosas están como están, A partir de allí resulta más sencillo tomar la decisión que corresponda a ese momento.

“Mi problema es que con quien más me enojo es conmigo mismo”

Si he aprendido a enojarme, es decir, si he aprendido a utilizar la energía del enojo para resolver el desacuerdo que me lo provoca, entonces no importa dónde está, ni quién es el que hace que me enoje, lo que importa es que efectiva mente implemente la función resolutiva del enojo.

Y si aún no he aprendido a enojarme bien, la tarea prioritaria es aprender a hacerlo.

Si usted siente que su enojo es contra usted mismo, la primera propuesta que le hago es que observe cuál es específicamente la parte suya que lo enoja. Uno nunca se enoja con uno mismo sino con algún aspecto, más o menos abarcador, de uno mismo. Es necesario saber qué aspecto es (si se trata de un aspecto inseguro o miedoso, etc.) para poder iniciar la tarea de resolución.

Una vez que el aspecto ha sido identificado, el proceso es igual que el que se da con una persona del mundo externo, con la salvedad de que cuando es un aspecto nuestro (por ejemplo el inseguro) el que nos enoja, todos los protagonistas son interiores. Tanto el aspecto inseguro como quien se enoja con él. Esto significa que ambos están bajo la órbita de nuestra jurisdicción, y por lo tanto lo que se aprenda en el despliegue de ese enojo para hacerlo más resolutivo llega a ambos antagonistas por igual.

Si en una sesión estoy desplegando mi enojo con mi mujer, yo puedo hacer todos los aprendizajes necesarios para optimizar mi enojo, pero eso no significa que ella también lo esté haciendo y que su modo de enojarse conmigo cambie de inmediato. De modo que los cambios en ese vínculo se realizarán a partir de un polo y de la propagación que pueda hacerse desde allí, reconociendo la propia vida del otro polo, con sus leyes y sus tiempos.

Cuando ambos antagonistas son interiores no existe ese destiempo y el aprendizaje es más simultáneo. Por esta razón el desacuerdo interior es el vínculo preferencial para aprender a transformar el enojo que destruye en enojo que resuelve

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