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Inteligencia Emocional 1ª parte

De acuerdo con la definición de Daniel Goleman es “la capacidad de reconocer nuestras propias emociones, para auto-motivarnos y administrar las emociones dentro de nosotros y en nuestras relaciones”.

El modelo de inteligencia emocional que usaremos se basa en cinco competencias emocionales básicas, aplicables a uno mismo y a los demás:

  • auto-conciencia objetiva,
  • auto-aceptación comprensiva (o compasiva),
  • auto-regulación teleológica (en aras de un resultado),
  • auto-análisis racional y
  • expresión íntegra.

Estas competencias pueden aplicarse también al interactuar con las emociones de los demás. Al tratar con otros, la auto- conciencia se convierte en reconocimiento empático, la auto- aceptación en aceptación compasiva, la auto-regulación en influencia y contención, el autoanálisis en indagación, y la expresión en escucha respetuosa.

Placer, dolor, amor

Cada emoción ocurre como un polo del eje “placer-dolor”. No hay emociones buenas o malas: cualquier emoción puede ser una oportunidad de crecimiento y cualquier emoción puede ser una fuente de sufrimiento. La felicidad y la efectividad en la vida no dependen tanto de la emoción concreta que se experimente, como de la capacidad que se tenga para elaborar esa emoción con inteligencia. La gente habla, sin embargo, de emociones buenas y malas. Es así porque los humanos, al igual que el resto de los seres vivos, tenemos un apego instintivo al placer y una aversión instintiva al dolor.

Dolor y sufrimiento

“El dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional”. El ser humano vive entre objetos impermanentes sujetos a cambios constantes. Es imposible que en estas circunstancias uno no experimente el dolor de la pérdida. Como seres humanos, estamos sujetos a la impermanencia universal. La característica más permanente de nuestra realidad es la impermanencia.

Todo lo que existe se halla en un proceso continuo de cambio y transformación. Momento a momento hay situaciones que aparecen y situaciones que desaparecen, por eso, cualquier apego o relación significativa implica una cierta cuota de dolor.

Hay un cuento zen a propósito de la inevitabilidad de las pérdidas. Un señor feudal del Japón le pidió a un monje zen que compusiera un poema celebratorio para el cumpleaños de su hijo. Durante la ceremonia, el monje pidió la palabra, enfrentó al señor y a su hijo y recitó: “El abuelo muere, el padre muere, el hijo muere”… El señor estalló indignado: “Qué clase de poema celebratorio es ese! , te pedí algo alegre, que reflejara lo bueno que tiene la vida, no un poema deprimente”. El monje replicó: “Mi señor, esto es lo mejor que ofrece la vida”. “Pero ¡qué dices!”, exclamó el señor feudal furibundo. “ Preferirías un orden distinto?”, concluyó el monje, mirándolo con una sonrisa compasiva.

El sufrimiento es la reacción defensiva que cierra el corazón frente al dolor. No se sufre por la pérdida del objeto amado; eso genera una tristeza que honra y profundiza el amor. Se sufre por la pérdida del amor. Es la identificación del amor con el objeto amado lo que causa la desesperanza y el sufrimiento. Cuando uno es capaz de elaborar el duelo e integrar la pena, esta ablanda el corazón, lo “vuelve más tierno”. Desde esa madurez compasiva, se puede encontrar un amor aún más profundo, un amor que trasciende toda limitación espacio-temporal. Cuando uno no tiene un contexto trascendente en el cual interpretar al dolor, reacciona cerrándose a la experiencia, aferrándose al pasado y temiendo al futuro.

La incapacidad de aceptar el dolor es la base de la excesiva aversión al riesgo.

La incapacidad de aceptar el dolor es también la base de la represión y la inconciencia emocional. Dado que el riesgo es una condición fundamental de la existencia, es imposible no experimentar emociones como el miedo o la tristeza. La única manera de no sentirlas es desterrarlas de la conciencia. Pero los pensamientos y sentimientos inconscientes son como una infección interna: invisibles y letales. La inconciencia emocional se manifiesta de dos formas: frialdad estoica (el robot) o explosión pasional (la bomba). A pesar de parecer opuestos, estos dos patrones de comportamiento son parte del mismo sistema. Al igual que una caldera sin válvula de escape, el estoico acumula presión hasta cruzar la “línea de peligro”; en ese momento se produce la explosión, o la implosión. Pasada la crisis, el estoico se siente avergonzado y generalmente se compromete aún más a mantenerse férreamente apartado de las emociones. Lo que el estoico (al igual que el alcohólico o el drogadicto) no comprende es que es imposible no sentir lo que uno siente; la única opción es trabajar con las emociones o desterrarlas de la conciencia. Esta segunda posibilidad es la que reinicia el ciclo de represión-explosión-represión.

La forma de evitar el sufrimiento y mantener un control saludable sobre las emociones es darle la bienvenida al dolor. En vez de defenderse de él, uno puede aceptarlo, sabiendo que es una fuente de aprendizaje y expansión de la vida, para aquellos que saben recibirlo honorablemente.

 

Sabiduría emocional:

Del mismo modo que las luces del tablero de mandos del automóvil se encienden e indican que ha subido la temperatura o queda poco combustible, cada emoción es una luz de tonalidad específica que se enciende e indica que existe un problema a resolver.

El miedo, la ira, la culpa, etc, son estupendas y refinadísimas señales que alertan, cada una de ellas, acerca de un problema particular y su función es remitir a ese problema. La sabiduría emocional permite aprovechar completamente a las emociones , aprendiendo qué problema específico detecta cada una y cuál es el camino que resuelve el problema detectado. Cuando esto ocurre la persona se concentra en la resolución del problema y le agradece a la emoción haber orientado la mirada en esa dirección, por más doloroso o inquietante que dicha emoción pueda haber parecido al comienzo. Solemos Creer que las emociones son el problema. Sin embargo, el verdadero problema consiste en no saber como aprovechar la información que brindan, entonces la ignorancia emocional las convierte en un problema más. Entonces sí, el miedo, la ira, etc, agregan más sufrimiento estéril a la experiencia que se está viviendo.

En conclusión, no es la emoción en sí lo que perturba, sino el no haber aprendido aún como leer y aprovechar la información que transmite.

 

Comenzaremos el aprendizaje emocional con la IRA o ENOJO.

La causa del enojo

Para decirlo de un modo sencillo y general, nos enojamos cuando algo nos frustra: estoy conduciendo y se produce un atasco, me han prometido algo y no han cumplido, esperaba algo de mi mujer, mi marido, mis hijos, o de mí mismo, y lo que esperaba no ocurrió, etc. Los motivos son numerosísimos, desde los más leves hasta los más intensos y amenazadores, pero siempre existe un factor común: la frustración.

Cuando la energía del deseo que se encamina hacia su realización encuentra un obstáculo, la obstrucción que éste produce genera una sobrecarga energética en ese deseo.

Esta sobrecarga energética es lo que llamamos enojo.

La función original de esa sobrecarga de energía es asegurar la realización del deseo o necesidad amenazada. Lo que ocurre es que al no saber cómo implementar adecuadamente tal sobrecarga de energía, en lugar de contribuir a la resolución del problema a menudo aquélla se convierte en un problema más.

 

Sustrato biológico del enojo

Desde el punto de vista químico, ante la presencia de un obstáculo vivido como amenaza, el organismo segrega adrenalina y noradrenalina, los neurotransmisores que posibilitan los comportamientos de alerta y actividad, de confrontación y lucha.

En épocas primitivas de la humanidad, cuando la amenaza a la integridad territorial se dirimía en una confrontación física, en una lucha cuerpo a cuerpo, esta respuesta adrenérgica era, sin duda, la más adecuada, porque en tales casos se imponía incrementar la fuerza física para encarar la batalla. Todos conocemos, ya sea por experiencia personal o por los innumerables ejemplos de personas que así lo testimonian, cómo en una situación de ira se dispone de una fuerza mucho mayor de la habitual.

El desajuste se produce cuando seguimos utilizando una respuesta biológica de ira generada en situaciones antiguas para resolver situaciones actuales que no requieren tanta respuesta adrenalínica.

En efecto, el enojo es útil para aumentar la fuerza física, pero no es útil para aumentar la capacidad de coordinación necesaria para resolver un problema. Imaginemos a un cirujano que encuentra obstáculos durante una operación, se enoja y mantiene ese estado. Su ira entorpecerá, sin duda, su capacidad de resolver los problemas a que deberá enfrentarse durante la intervención quirúrgica. Este ejemplo resulta obvio, pero sin embargo la creencia de que el enojo da eficacia está bastante difundida. Un conocido periodista deportivo, cuando retransmitía los partidos de Gabriela Sabatini, repetía frecuentemente: “Me gustaría verla a Gaby más enojada. Así jugaría mejor”. Él, como representante de esta creencia, suponía que enojándose con la rival Sabatini ganaría en eficacia. Y en realidad se trata de lo contrario: la coordinación y la precisión necesarias para un buen desempeño en cualquier tarea compleja encuentran su mejor caldo de cultivo en la relajación y la calma.

 

Influencia de los modelos mentales y las creencias en la producción de enojo

Cuando la sobrecarga energética del deseo se expresa como enojo, puede albergar diferentes calidades, más o menos destructivas. Esto dependerá, en parte, de las conclusiones que nuestra mente produzca en relación a la naturaleza del obstáculo. Si evaluamos que el obstáculo está actuando «a propósito» contra nosotros, es muy probable que nuestra frustración se convierta en enojo destructivo. Por lo tanto, trataremos de hacerle a ese obstáculo lo que imaginamos que él quiere hacernos a nosotros. Esa voluntad de destrucción recíproca es la esencia de la batalla.

Si llegamos a la conclusión que ese obstáculo no responde a ninguna voluntad específica de perjudicarnos sino que, como la lluvia en el día que deseamos ir a la playa, es algo que ocurre pero que no se opone deliberadamente a nuestro deseo, entonces nuestra frustración seguirá existiendo, pero es más difícil que evolucione hacia el tipo de enojo destructivo.

Si le pedimos dinero prestado a un amigo y él nos dice que no, porque no dispone de esa suma, y le creemos, nuestra frustración será frustración, y tal vez pena, pero no se hará enojo hacia él. Si en cambio creemos que nos miente, que tiene dinero de sobra pero que no nos lo quiere prestar, entonces la frustración tiene las puertas abiertas hacia el enojo.

Ante cada frustración producimos, consciente e inconscientemente, conclusiones acerca de la causa que la genera y rápidamente evaluamos si existe una intención adversa o no.

Cuanto más tiempo reflexionamos sobre lo que nos ha enfurecido, más “buenas razones” y autojustificaciones podemos inventar para estar furiosos. Rumiar una y otra vez un mismo problema alimenta la llama de la ira. A mismo tiempo, la sucesión de pensamientos airados que agudizan la ira también es potencialmente la clave de una de las más poderosas formas de distenderla: separar las convicciones que alimentan la ira en primer lugar.

El psicólogo Dolf Zillman, en un experimento típico, hizo que una persona provocara a los hombres y mujeres que se habían prestado como voluntarios haciendo observaciones desagradables con respecto a ellos. Los voluntarios vieron después una película agradable o perturbadora. Luego se les dio la oportunidad de vengarse de aquella persona proporcionando una evaluación que (según se les informó) sería utilizada en una decisión para contratarlo o no en un trabajo. La intensidad de su venganza fue directamente proporcional a la forma en que habían quedado excitados por la película que acababan de ver, después de ver la película desagradable se sintieron más airados y dieron las peores respuestas.

Muchas personas, efectivamente, tienen un modelo mental a través del cual observan sus frustraciones, de la índole que sean, como debidas a la influencia de una voluntad adversa, bien de una persona, o bien del destino mismo, que se opone a sus propósitos. Dichas personas están muy expuestas a vivir crónicamente enojadas y resentidas.

Además existe otro factor, de naturaleza filosófica existencial, que consiste en la CREENCIA —consciente o inconsciente— que cada uno tenga acerca del sentido último de su vida y de la vida misma. Si yo creo que la vida es, en esencia, una eterna batalla en la que quien gana sobrevive y triunfa, y quien pierde es extinguido, mi objetivo último será ganar, y viviré en esa atmósfera emocional de guerra continua. Desde esa perspectiva mental cada obstáculo que me frustre quedará fácilmente convertido en una manifestación más de esa batalla y se activará, por lo tanto, la respuesta de enojo que se orienta a identificar al adversario y vencerlo.

Si la representación existencial que predomina es aquella que afirma que si bien la batalla existe, ella no es el rasgo esencial de la vida , que lo esencial, en cambio, es el aprendizaje que nuestra conciencia realiza en la solución de los problemas que implica el vivir como individualidades separadas, entonces cada frustración es vivida de manera distinta: los obstáculos en curso tienden a ser evaluados como desafíos, como incógnitas a resolver, que efectivamente frustran y demoran los logros deseados, pero no generan reflejos inmediatos de enojo bélico-destructivo.

 

Cuánto nos enojamos y cómo nos enojamos

Por todo lo enunciado anteriormente queda claro que el enojo puede ocupar un lugar mayor o menor en la vida de cada uno. Que podemos enojarnos más o menos fácilmente y que esta variable es importante y merece ser observada. Pero junto con esta característica existe otro factor, de tanta o mayor importancia aún que ésta, y es la manera en que reaccionamos cuando nos enojamos, es decir, si nuestro enojo tiende a destruir o a resolver.

No sólo es importante entonces el cuánto nos enojamos, sino, y muy especialmente, el cómo nos enojamos cuando lo hacemos. Y esto es lo que veremos a continuación.

 

Los diferentes modos de expresar el enojo: 4 componentes básicos

Solemos creer que la expresión del enojo es una conducta homogénea. que no tiene componentes constitutivos diferenciables. Sin embargo, si miramos con mayor detenimiento la reacción de enojo, encontraremos cuatro componentes diferenciables que vale la pena discriminar:

Primer componente: la descarga. Veámoslo a través de un ejemplo sencillo: me cito con un amigo y éste llega con una hora de retraso. Mi deseo de encontrarme con él a la hora convenida, que se frustra, acumula un excedente de energía, y ese excedente necesita descargarse. Observamos entonces todas las reacciones propias de esa necesidad: puedo moverme, resoplar, gritar, dar un golpe sobre la mesa, soltar una patada, etc. El propósito de esta clase de reacción es descargar al sistema de la sobrecarga a la que está sometido.

La función de la descarga es equivalente a abrir la válvula de escape en una olla a presión. En efecto, la frustración produce en la sangre un intenso y brusco aumento de adrenalina que pone al organismo en estado de alerta, tenso y listo para el combate. Éste es el componente químico del enojo, y debe ser tenido en cuenta en su especificidad a fin de poder asistirlo y resolverlo. La descarga de la tensión permite que el sistema vuelva a recuperar el estado más adecuado para su funcionamiento. Esta fase es muy importante y permite encarar en mejores condiciones las otras etapas del enojo.

No todas las personas contamos con los canales disponibles para descargar la intensidad que existe en la ira. La tradición cultural que propició la supresión del enojo terminó suprimiendo sus canales de expresión. Si le pusiéramos palabras a tal actitud, serían: «Expresar el enojo está mal, no es correcto y es, además, señal de debilidad.»

Esta actitud represiva agrava el problema, porque la falta de experiencia en la expresión del enojo hace que uno no cuente con la capacidad de graduarla en su justa medida, pues esto se alcanza a través de la ejercitación repetida. Por lo tanto, uno vive frecuentemente la ira en términos de “todo o nada” (“O me callo o pierdo el control sobre mí mismo”).

Es interesante tomar como ejemplo de esto lo que ocurre con los lobos y los pájaros. El que los lobos sean animales muy combativos permitió que a lo largo del tiempo pudieran ritualizar la descarga y el castigo, y lograran rescatar lo esencial del combate entre ellos, que es dirimir quién va a quedarse con el territorio. Por esta razón, cuando en el transcurso de una pelea, el que está perdiendo ofrece su cuello al rival, se genera en el vencedor un reflejo que lo aparta de su contendiente, le hace buscar el lugar más alto de la región y se instala allí. Mientras hace eso, el otro se marcha. Han resuelto el problema de la distribución del territorio con el menor daño posible de los antagonistas. Éste es un claro ejemplo de enojo que resuelve.

Los pájaros, que no tienen la experiencia habitual de lucha porque apelan al vuelo como respuesta al peligro, no cuentan con el recurso del enojo ritualizado y calibrado. Por lo tanto, cuando combaten en una jaula, las luchas sólo terminan con la muerte de uno o ambos antagonistas.

La graduación de la reacción es una conquista evolutiva que es. a su vez, producto de la ejercitación.

Cuando se ha aprendido a discriminar el componente de «carga» que existe en el enojo y la consiguiente necesidad de descarga, se llega a comprender que una cosa es la acción de pura descarga y otra, muy distinta, el ataque al prójimo. La descarga es una acción independiente de la presencia física del otro y su función es, como hemos dicho, disminuir la tensión adrenalínica acumulada.

Algunas personas se descargan mejor a través de los brazos, otras a través de las piernas, otras prefieren un movimiento corporal general, y por último existe también quienes se descargan mejor utilizando la voz. Cada una de ellas puede utilizar lo que más se adecua a su modalidad, ya sea golpear almohadones, patear un balón, caminar, bailar o sencillamente gritar.

Otro elemento que ayuda a la descarga es el factor tiempo. En la medida en que el tiempo transcurre y la adrenalina va disminuyendo en el torrente sanguíneo, «las aguas comienzan a calmarse».

De esta cualidad frecuentemente estabilizadora del tiempo surge el consejo popular: «Cuenta hasta diez antes de responder», o la también habitual y recomendable propuesta: “Mejor conversemos mañana acerca de esto porque hoy estoy muy “cargado”.”

La descarga se convierte en algo destructivo cuando que da adherida al deseo de hacer sufrir y castigar al otro por lo que hizo. La descarga pone la intensidad, el deseo de castigar pone el propósito, y la suma de las dos produce la combinación más dañina del enojo.

En relación con este componente de la descarga, vale la pena resaltar tres observaciones finales: a) la facilidad, rapidez e intensidad con que se produce la carga del enojo varía mucho de una persona a otra; algunas personas se «cargan» rápidamente ante cualquier frustración, son las que llamamos personas «coléricas», quienes más necesitan arbitrar las formas de una descarga adecuada; b) lo que hace daño del enojo es la acción destructiva sobre el otro o sobre uno mismo, no la descarga en sí, y c) cuando la descarga no se realiza adecuadamente y la carga adrenalínica se acumula, se convierte en tensiones musculares crónicas y en trastornos cardiovasculares.

Segundo componente: hacerle saber al otro el impacto que su acción ha producido en nosotros (o, lo que es lo mismo, qué sentimos a causa de lo que hizo). Si volvemos al ejemplo de la cita con mi amigo, le diré: «Estás retrasándote una hora. Me siento irritado, molesto, decepcionado, harto de esperar», etc. Éstas podrían ser las palabras, pero la expresión global de lo que siento también estará en mi tono de voz, en mis gestos, en mi mirada, etc. Como se puede observar, en este caso no hay ningún enjuiciamiento, descalificación ni conclusión acerca del otro ni del porqué de su conducta. Meramente la nombro sin enjuiciarla y transmito mi reacción ante ella.

La valiosísima significación instrumental de este componente de la expresión del enojo tiene dos pilares: a) en el acto de nombrar y expresar lo que sentimos. realizamos un importante movimiento de descarga, no tanto en el sentido químico que describimos antes, sino más bien emocional, y además nos afirmamos, nos fortalecemos y nos integramos al asumir lo que sentimos; y b) para que se produzca una modificación en la conducta del otro es necesario que éste conozca, del modo más completo posible, el efecto que su acción produce en nosotros.

Esta fase está también interferida por las creencias que afirman que reconocer el impacto que nos produce lo que el otro hace es señal de debilidad. El ejemplo que mejor ilustra esta actitud se presenta cuando alguien dice: «No voy a darle el gusto de decirle cómo me ha afectado lo que ha hecho.»

La inhibición en la expresión de una o de las dos fases que estamos describiendo contribuye a que la manifestación del enojo tome uno de los canales más disfuncionales de su espectro: el intento de suprimir al mínimo la propia reacción y producir sobre el otro el máximo castigo

Tercer componente : formulación de una propuesta para reparar lo reparable en esa situación y la construcción de un proyecto que asegure, en lo posible, que ese problema no se repita. Volviendo al ejemplo anterior, puedo decirle a mi amigo, por ejemplo:

«Mira, ahora no puedo hablar del tema por el que te he citado, porque sigo muy molesto. Caminemos un poco, así me descargo, y luego podré hablar mejor. Quiero que sepas que cuando concerto una cita me irrita mucho esperar, de modo que quisiera que veamos el modo de que esto no vuelva a repetirse.»

En el presente de esa situación, la reparación posible se produce proponiendo un paseo, que es lo que más me descarga, en lugar de quedarme sentado en el bar, tenso y con todo mi malestar. Y para el futuro proponiendo y logrando efectivamente diseñar una manera que garantice que esa espera de una hora no sé volverá a repetir.

Recapitulando entonces los tres componentes:

  1. a) Realizo la catarsis necesaria para descargar mi sistema.
  2. b) Le doy a conocer, clara y abiertamente, lo que siento, para que el otro conozca el efecto que produce en mí lo que él ha hecho.
  3. c) Incluyo una propuesta para reparar la situación presente para tratar de evitar que se repita en el futuro.

Para comprender mejor la significación de esta secuencia es útil recordar que el enojo no es un fin en sí mismo, sino, en última instancia, un medio para resolver un problema.

El enojo se convierte en un fin en sí mismo cuando nos olvidamos, nos desconectamos del tema que ha provocado nuestro enojo y parece que sólo queremos herir a quien nos ha irritado.

 

Cuarto componente de la expresión del enojo: el deseo de castigar al otro por lo que hizo. Aquí el centro está puesto en hacer sufrir al otro. Lo hacemos a través de insultos, enjuiciamientos y descalificaciones. Y en sus formas extremas a través del castigo físico. Cuando mi amigo llega tarde, le digo: “Eres un egoísta, un irresponsable, un desconsiderado, contigo no se puede pactar nada, es imposible confiar en ti… Lo que pensaba hacer contigo no voy a hacerlo, de modo que me voy Adiós.» Esto puedo decirlo incluso con un tono de voz relativamente tranquilo, de manera que la descarga en sí de mi estado es mínima y simultáneamente el efecto sobre el otro es máximo.

Aquellas personas que están habituadas a expresar su enojo de esta manera creen verdaderamente que expresar enojo es eso: descalificar, reprochar y castigar

Si estamos atentos a las discusiones diarias veremos que en la mayor parte de ellas ésta es la modalidad que predomina: “No digas tonterías!; Eres un resentido!; ¡Eso es una estupidez!; ¡Eres un hijo de p…!; Eres un amargado!; No sirves para nada!; Eres un pelmazo!; ¡Eres una histérica!», etc.

Todas estas expresiones, más la larga lista de frases equivalentes que cada uno podrá recordar, tienen en común el hecho de utilizar las palabras para atacar al otro en ese sentido son verdaderas «trompadas verbales». Estas «trompadas» consisten en emitir un juicio descalificatorio acerca de lo que el otro «es». Es decir, agraviar e insultar.

Y lo repetimos una vez más, muchas personas están sinceramente convencidas de que enojarse y discutir es hacer eso: herir con las palabras

La misma modalidad descalificadora y castigadora la encontramos cuando al oír algo que nos enoja «damos un portazo» y nos vamos. Aquí intervienen acciones en lugar de palabras, pero la esencia es la misma. Esta actitud también es muy frecuente, y existen personas que se reconocen a sí mismas como expertas en «poner el dedo en la llaga», es decir, producir con la mínima descarga y el máximo daño.

Una paciente, Elena, me contaba: «Mi marido no me consultó acerca de cómo quería yo que se hicieran los arreglos en la casa, y aunque eso me irritó mucho, no pude decirle nada. Cuando me preguntó a qué hora iba a estar yo para que recibiese al albañil, le dije que esa semana iba a estar muy ocupada y no me encontraría en casa. Él tuvo que quedarse para recibirlo, con las consiguientes dificultades 1 para su propio trabajo, de lo que me alegré muchísimo.»

En la medida en que Elena no disponía de los recursos emocionales para expresarle a su marido que le disgustaba el que no la hubiese consultado, y proponerle que la incluyera para emitir su opinión, no tuvo más remedio que desembocar en la situación en que expresaba su enojo a través de acciones que dañaran a su marido

Esta actitud está relacionada con ese conjunto de respuestas que intentan que el otro sienta lo que nosotros hasta ese momento sentimos (»Si sufrí 10, que él también sufra 10»), y multiplicado incluso («Si sufrí 10, que él sufra 50»). El régimen de multiplicación depende de cada uno, y ése es el sistema que <(va fabricando la bomba atómica». El que dependa de cada uno significa que no sólo está relacionado con lo que el otro hizo sino también con todas las veces en que nos sentimos heridos, con el dolor que nos produjo y con las conclusiones que sacamos sobre el motivo por el que ocurrió “Esto me sucedió porque todo el mundo intenta sacar provecho, a nadie le importa nada de mí, la vida es una guerra sin cuartel, por lo tanto no me importará nada de nadie, yo atacaré el primero y los destruiré», etc.)

Esta carga de dolor, enojo y escepticismo acumulado es lo que determina el cuántum de la multiplicación.

La llamada Ley del Talión, “Ojo por ojo, diente por diente», fue precisamente un intento de limitar y organizar el régimen de multiplicación de la ira desbordada.

La actitud que estamos describiendo es también el sustrato psicológico de los actos de venganza. La venganza es, en esencia, eso: hacer algo para que el otro padezca lo mismo que nos hizo padecer

 

A modo de resumen podemos destacar que estas cuatro categorías abarcan todas las formas de expresión del enojo, es decir, siempre estaremos expresando alguno de estos cuatro componentes.

En cualquier respuesta de ira podremos encontrar una, varias o todas estas facetas.

Las tres primeras son funcionales en tanto contribuyen a la resolución del problema, la que describimos en último término es la más disfuncional del espectro.

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