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Emociones – La Tristeza

Uno siente tristeza cuando cree que sucedió, o tiene la certeza de que sucederá, algo malo: perder algo que valoraba o no conseguir el resultado deseado.

La tristeza propicia el duelo, el reconocimiento de la pérdida y el luto. Cuando uno se permite experimentar la pena, puede asumir la pérdida y recuperar una sensación de paz interior, lo cual lo prepara para enfrentar el futuro con confianza y ecuanimidad. La tristeza que provoca una pérdida tiene ciertos efectos invariables: reduce nuestro interés por la diversión y el placer, fija la atención en lo que se ha perdido y socava nuestra energía para comenzar nuevas empresas… al menos de momento. En resumen, refuerza una especie de retirada reflexiva de las actividades de la vida y nos deja en un estado suspendido para llorar la pérdida, reflexionar sobre su significado y, finalmente, hacer los ajustes psicológicos y los nuevos planes que nos permitirán continuar con nuestra vida.

Al elaborar el duelo, uno se despide del objeto amado (siempre de existencia contingente y transitoria) e incorpora el vínculo amoroso a su existencia de manera incondicional, en toda su pureza. Por ejemplo, al guardar luto por la muerte de un ser querido, uno se despide de la persona que ya no está, pero incorpora en forma permanente a su corazón el amor que sintió, siente y sentirá por esa persona. Por eso es posible seguir amando y valorando en forma creciente a alguien que se ha marchado.

La tristeza es la manifestación del amor frente a una pérdida. Por eso, elaborar la pena en toda su magnitud genera confianza. Uno sabe que las dificultades pueden generar dolor, pero que ese dolor sólo es un reflejo (transitorio) de ese amor (permanente). Por lo tanto, uno adquiere mayor capacidad para asumir riesgos y para afrontar las consiguientes pérdidas.

El pesar es útil; la auténtica depresión no lo es. En una depresión importante, la vida queda paralizada; no surgen nuevos comienzos. Los síntomas mismos de la depresión indican que la vida está en un compás de espera.

La tristeza más común en sus límites extremos se convierte, técnicamente hablando, en una “depresión subclínica”, es decir, la melancolía corriente. Se trata de un espectro de abatimiento que la gente debe manejar por su cuenta si tiene los recursos internos. Lamentablemente, algunas de las estrategias a las que se recurre con más frecuencia pueden fracasar, y la gente puede llegar a sentirse peor que antes.

 

Estrategias comúnmente utilizadas para evitar la tristeza:

  • Una de esas estrategias consiste sencillamente en quedarse solo, que suele ser algo atractivo cuando uno se siente deprimido; sin embargo, con gran frecuencia esto sólo sirve para añadir una sensación de soledad y aislamiento a la tristeza.
  • Sin embargo, la táctica más popular para luchar contra la depresión es la socialización: salir a comer, ir a ver algún encuentro deportivo o una película; en resumen hacer algo con los amigos o con la familia. Eso funciona bien si el efecto es el de hacer que la mente de la persona abandone la tristeza. Pero sencillamente prolonga el estado de ánimo si la persona utiliza la ocasión sólo para seguir pensando en aquello que se lo provocó.
  • Para librarse de la tristeza común y corriente mucha gente recurre a distracciones tales como la lectura, la televisión y las películas, los videojuegos y los rompecabezas, dormir y soñar despierto, por ejemplo planificando unas vacaciones ideales. Las distracciones más eficaces son las que cambian el estado de ánimo: un encuentro deportivo estimulante, una película divertida, un libro que levante el ánimo. Sin embargo: algunos factores que en sí mismos sirven para distraer pueden perpetuar la depresión. Diversos estudios llevados a cabo con televidentes descubrieron que después de mirar televisión, en general se sienten más deprimidos que antes. Las distracciones rompen la cadena del pensamiento que mantiene la tristeza, una de las teorías fundamentales que explica por qué la terapia electroconvulsiva es eficaz para las depresiones más graves afirma que provoca una pérdida de memoria a corto plazo, y los pacientes se sienten mejor porque no pueden recordar el motivo de su tristeza.
  • Según afirma una teoría, el llanto puede ser la forma en que la naturaleza hace bajar los niveles de las sustancias químicas del cerebro que preparan la perturbación Aunque el llanto a veces puede disipar la tristeza, también puede dejar a la persona obsesionada con respecto a las razones de la desesperación, el llanto que refuerza la cavilación sólo sirve para prolongar el sufrimiento.
  • El ejercicio aeróbico es una de las tácticas más eficaces para disipar una depresión benigna, así como otros estados de ánimo negativos. Pero la salvedad que debemos hacer aquí es que los beneficios estimulantes del ejercicio funcionan mejor en el caso de los holgazanes, aquellas personas que por lo general no se ejercitan demasiado. Para aquellos que desarrollan una rutina diaria de ejercicios, al margen de cuáles fueran los beneficios que estos ofrecían para modificar el estado de ánimo, probablemente eran más fuertes cuando comenzaron a desarrollar ese hábito. En realidad, en las personas que habitualmente hacen ejercicios se produce un efecto contrario con respecto al estado de ánimo: empiezan a sentirse mal los días en que abandonan el ejercicio. Esto parece funcionar bien porque modifica la fisiología que provoca el estado de ánimo: la depresión es un estado en el que la excitación es escasa, y el ejercicio aeróbico lleva al organismo a un grado de excitación elevado. Del mismo modo, las técnicas de relajación —que llevan al organismo a un estado de excitación menor— son beneficiosas para la ansiedad, un estado en el que la excitación es elevada, pero no tan beneficiosas para la depresión. Cada uno de estos enfoques parece funcionar para romper el ciclo de la depresión o la ansiedad porque lleva al cerebro a un nivel de actividad incompatible con el estado emocional por el que está dominado.
  • Levantarse el ánimo con agasajos y placeres sensuales fue otro antídoto bastante popular contra la tristeza. Las formas comunes en que la gente se aliviaba cuando se sentía deprimida iban desde tomar baños calientes o comer alimentos favoritos hasta escuchar música o hacer el amor. Comprarse un regalo o hacerse una invitación para superar un mal humor fue algo particularmente popular entre las mujeres, lo mismo que salir de compras o incluso ir a mirar vidrieras. La comida es una estrategia para aliviar la tristeza más común entre las mujeres que entre los hombres; estos, por su parte, tenían más probabilidades de recurrir a la bebida o a las drogas cuando se sentían desanimados. El problema con el exceso de comida o con el exceso de alcohol como antídotos, por supuesto, es que pueden producir un efecto no deseado: comer con exceso provoca remordimientos; el alcohol es un depresor del sistema nervioso central y por lo tanto aumenta los efectos de la depresión misma.

 

La tristeza que no termina…

Uno de los principales factores que determinan si un estado de ánimo deprimido persistirá o se superará es el grado en que la persona es capaz de cavilar sobre el problema. Al parecer, preocuparnos por lo que nos deprime hace que la depresión sea aún más intensa y prolongada. En la depresión, la preocupación adopta diversas formas, todas ellas enfocadas en algún aspecto de la depresión misma: lo cansados que nos sentimos, la poca energía o motivación que tenemos, por ejemplo, o qué poco trabajo estamos haciendo. En general, ninguna de estas reflexiones va acompañada por un curso de acción concreto que podría aliviar el problema. Las personas deprimidas a veces justifican esta clase de cavilaciones diciendo que están intentando “entenderse mejor ellos mismos”; de hecho, están preparando los sentimientos de tristeza sin dar ningún paso que pudiera levantar realmente su estado de ánimo.

Es muy provechoso reflexionar profundamente en las causas de una depresión, si eso conduce a una comprensión o a acciones que cambiarán las condiciones que la provocan, es decir, con una actitud proactiva, centrada en aquellos factores que se ubican en le círculo de influencia de la persona. Pero una inmersión pasiva en la tristeza simplemente la empeora.

El hecho de dar vueltas una y otra vez a un mismo problema también puede hacer que la depresión sea más fuerte creando condiciones que son en definitiva más deprimentes. Nolen-Hoeksma da el ejemplo de una vendedora que se deprime y pasa muchas horas preocupada pensando que no logrará hacer importantes reuniones de ventas. Entonces sus ventas disminuyen, haciendo que se sienta fracasada, lo cual alimenta su depresión. Pero si ella reaccionara a la depresión intentando distraerse, podría muy bien sumergirse en las reuniones de ventas como una forma de apartar su mente de la tristeza. Sería menos probable que las ventas disminuyeran, y la experiencia misma de hacer una venta podría reforzar su confianza en sí misma, disminuyendo en cierto modo la depresión.

Las mujeres son mucho más propensas que los hombres a cavilar cuando están deprimidas, esto puede explicar, al menos, en parte, el hecho de que a las mujeres se les diagnostica depresión dos veces más que a los hombres. Por supuesto, pueden entrar en juego otros factores, tales como que las mujeres son más abiertas a revelar sus trastornos o tienen más motivos en su vida para estar deprimidas. Y los hombres pueden ahogar la depresión en el alcoholismo, donde la proporción es aproximadamente del doble de hombres que mujeres.

Los pensamientos que provocan tristeza se presentan de una forma automática y penetran en la mente de manera espontánea. Incluso a las personas deprimidas que intentan suprimir sus pensamientos deprimentes, a menudo les resulta imposible plantear mejores alternativas; una vez que la corriente de pensamiento depresivo ha comenzado, ejerce un poderoso efecto magnético en el hilo de la asociación. Por ejemplo, cuando se les pidió a las personas deprimidas que descifraran frases en las que aparecían seis palabras mezcladas, fueron mucho más eficaces para descubrir los mensajes deprimentes (“el futuro parece muy sombrío”) que los mensajes optimistas (“el futuro parece muy prometedor”). ‘

La tendencia de la depresión a perpetuarse a sí misma ensombrece incluso la clase de distracción que la gente elige. Cuando a las personas depresivas se les dio una lista de formas optimistas o tediosas de apartar su mente de algo triste, por ejemplo del funeral de un amigo, eligieron otras actividades melancólicas. La gente que ya está deprimida debe hacer un esfuerzo especial para centrar su atención en algo totalmente optimista, teniendo el cuidado de no elegir inadvertidamente algo —una película sentimental, una novela trágica— que haga decaer nuevamente su ánimo.

Los pensamientos se asocian en la mente no sólo por el contenido, sino también por el estado de ánimo. La gente tiene lo que representa una serie de pensamientos malhumorados que saltan a la mente con más rapidez cuando se sienten desanimados. Las personas que se deprimen con facilidad suelen crear redes de asociación muy fuertes entre estos pensamientos, de modo que cuando se produce algún tipo de malhumor, resulta más difícil suprimirlos. Aunque pueda parecer irónico, las personas deprimidas suelen utilizar un tema deprimente para librarse de otro, lo que sólo sirve a provocar más emociones negativas.

 

El coste de no responder a la tristeza:

Cuando uno no se permite sentir la tristeza, necesita reprimir su amor. Y entonces deja de sentir todas las demás emociones, y se vuelve cada vez menos humano. Se torna estoico y experimenta dificultades con todas las emociones, las propias y las de los demás. Si uno es incapaz de elaborar las pérdidas vivenciando la tristeza, el dolor se convierte en sufrimiento. No puede desprenderse del objeto perdido y se cierra a posibilidades futuras en tanto se aferra a un pasado sin retorno. Cierra su corazón, temeroso de experimentar intimidad o amor. Tiene dificultad para valorar lo que sea que venga, por temor a perderlo. Cae en la melancolía y la desdicha, como estados de ánimo negativos permanentes. Se siente desesperanzado y pesimista con respecto a la vida y, por lo tanto, con muy poca energía para emprender acciones renovadoras.

Si uno detesta lo suficiente a la tristeza y decide evitar la por todos los medios, puede caer en una absoluta frigidez emocional. A quien no le importa nada, no le duele nada. Muchas personas eligen cerrar su corazón y no sentir amor—es decir, no comprometerse existencialmente con nada—, ya que eso les permite evitar el dolor. Sin embargo, la clausura de la significancia emocional genera depresión y una sensación abrumadora de sinsentido en la vida.

El dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional”. El ser humano vive entre objetos impermanentes sujetos a cambios constantes. Es imposible que en estas circunstancias uno no experimente el dolor de la pérdida. Como seres humanos, estamos sujetos a la impermanencia universal. La característica más permanente de nuestra realidad es la impermanencia.

Todo lo que existe se halla en un proceso continuo de cambio y transformación. Momento a momento hay situaciones que aparecen y situaciones que desaparecen, por eso, cualquier apego o relación significativa implica una cierta cuota de dolor.

El sufrimiento es la reacción defensiva que cierra el corazón frente al dolor. No se sufre por la pérdida del objeto amado; eso genera una tristeza que honra y profundiza el amor. Se sufre por la pérdida del amor. Es la identificación del amor con el objeto amado lo que causa la desesperanza y el sufrimiento. Cuando uno es capaz de elaborar el duelo e integrar la pena, esta ablanda el corazón, lo “vuelve más tierno”. Desde esa madurez compasiva, se puede encontrar un amor aún más profundo, un amor que trasciende toda limitación espacio-temporal. Cuando uno no tiene un contexto trascendente en el cual interpretar al dolor, reacciona cerrándose a la experiencia, aferrándose al pasado y temiendo al futuro.

Oportunidad de trascendencia en la tristeza:

Se produce al encontrar el amor esencial e indestructible del ser, superando el apego condicional a tener objetos y relaciones transitorias. Comprender la pena personal como manifestación de la ternura y vulnerabilidad esenciales del corazón humano; descubrir la compasión que abraza la pena de todos los seres humanos por la contingencia de los objetos manifiestos.

Una forma constructiva de levantar el ánimo, consiste en conseguir un pequeño triunfo o un éxito fácil: abordar alguna tarea de la casa postergada durante mucho tiempo o alguna otra actividad que se quería resolver. Del mismo modo, mejorar la propia imagen también era una forma de levantar el ánimo, aunque sólo fuera en la forma de vestirse o de maquillarse.

En algunos estudios se ha descubierto que la terapia cognitiva destinada a cambiar las pautas pasivas de pensamiento depresivo está al mismo nivel que la medicación para tratar la depresión clínica suave, y es superior a la medicación utilizada para prevenir la recaída de la depresión suave. Hay estrategias especialmente eficaces en este sentido. Una de ellas consiste en desafiar los pensamientos en medio de la cavilación: cuestionar su validez y pensar en alternativas más positivas.

Uno de los antídotos más potentes contra la depresión —y, fuera de la terapia, poco utilizado— es el recurso de ver las cosas de una manera diferente, que también se conoce como reestructuración cognitiva. Es natural lamentarse por el final de una relación y regodearse en pensamientos autocompasivos tales como la convicción de que “esto significa que siempre estaré solo”, pero sin duda esto aumentará la sensación de desesperación. Sin embargo, retroceder y pensar en los aspectos en que la relación fallaba, y en los aspectos en que usted y su pareja disentían —en otras palabras, ver la pérdida de una forma diferente, bajo una luz más positiva— es un antídoto contra la tristeza. Del mismo modo, los pacientes de cáncer —al margen de lo grave que fuera su estado— se sentían de mejor humor si podían pensar en algún otro paciente cuyo estado era aún peor (“no estoy tan mal… al menos yo puedo caminar”); los que se comparaban con las personas sanas eran los que más se deprimían. Compararse con alguien que está peor resulta increíblemente alentador: de pronto lo que parecía bastante decepcionante no es tan malo.

Otro eficaz recurso para superar la depresión es ayudar a otras personas con problemas. Dado que la depresión se alimenta de las cavilaciones y las preocupaciones por el yo, ayudar a los demás nos ayuda a superar esas preocupaciones porque actuamos solidariamente con personas que tienen sus propios problemas. La dedicación a un trabajo como voluntario —ayudar a los jóvenes o alimentar a quienes no tienen hogar— es un poderoso recurso para cambiar el estado de ánimo. Pero también es el menos frecuente.

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