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El resentimiento es dolor y enojo retenidos, enfriados y cronificados.

“Estoy resentido con mis padres porque no se interesaron en mí, no me comprendieron y cada vez que los veo, ese recuerdo está ahí y tiñe todo lo demás’

Cuando uno está resentido corta el interés hacia la persona con quien lo está: “Mi mujer se separó de mí y para mí no existe más, ¡desapareció de mi vida! El dolor y el enojo que me produjo al irse siguen en mí y borraron todo otro sentimiento”

Podemos imaginar a una relación como una película, como una sucesión de escenas. Si en una de ellas algo me duele y enoja y puedo resolverlo, el dolor y el enojo se integran al resto de lo que también siento hacia esa persona: afecto, confianza, gratitud, etcétera. Por lo tanto será un componente más que contribuirá al conjunto general de lo que sentiré hacia ella. Cuando el enojo evoluciona hacia el resentimiento, la escena que me enojó queda en “foto fija”: se desconecta de lo que pasó antes, de lo que sucede después y permanece inmutable en el tiempo.

 

La misma palabra lo expresa: re-sentir, seguir sintiendo, volver a sentir.

El resentimiento es un destino del dolor-enojo no resuelto, que se endurece e impregna de ahí en más la relación con la persona que lo produjo. Quien lo siente no está en condiciones de comprender, ni de olvidar, ni de resolver. Por eso, al igual que la envidia, es una emoción muy descalificada socialmente y se dice: “Sos un resentido” casi como un insulto.

Pero, al igual que cualquier otra emoción, tiene causas que la explican y una profunda razón de ser que es necesario aprender a develar. Habitualmente asociamos el resentimiento casi con exclusividad al enojo y no tenemos en cuenta el otro factor presente en esta emoción: el dolor. Cuando comenzamos a reconocer su presencia y su enorme significación en todo el proceso que desemboca en el resentimiento se abre un escenario más expandido que ofrece nuevos recursos para ayudar a comprenderlo y transformarlo.

 

¿Al resentimiento lo sienten sólo algunas personas?

Creer que sólo algunos lo sienten contribuye a fortalecer esa mirada descalificatoria hacia el resentimiento. En realidad todos los seres humanos tenemos la potencialidad de experimentar esa respuesta si se supera el umbral de cada uno y se dan las condiciones para que ocurra. Es decir todos podemos sentirlo y cada uno tiene un umbral distinto que, al ser desbordado, lo activa.

 

¿Cómo se genera el resentimiento?

El resentimiento se inicia al vivir una experiencia que me frustra, me desorganiza y ante la cual no puedo expresar mi dolor ni mi enojo. Eso es lo esencial. Por esta razón es que las personas que más padecen el resentimiento son las hipersensibles, que viven el dolor y el enojo con mucha intensidad, que se desorganizan y que no han aprendido aún a expresar dichos estados adecuadamente.

Esa mezcla de dolor, desorganización y enojo que no pude expresar en ese momento, al quedar retenida dentro de mí, va atravesando un proceso de “putrefacción emocional”: se va degradando, desproporcionando, exagerando. Todos sabemos que los desacuerdos no expresados terminan siendo tóxicos, al igual que el residuo intestinal retenido. Lo que no se expresa en su momento ni se integra al resto, se mantiene desconectado, como un quiste.

 

¿Y de qué modo se instala y se hace crónico?

En ese proceso gravita otro factor de gran importancia, que podemos descubrir con esta pregunta:

¿Cómo me evalúo a mí mismo por sentir este enojo enquistado? Puedo evaluarme de muchas maneras y es necesario saber que algunas de ellas ayudan a disolver el resentimiento mientras que otras lo agravan. Las que más lo agravan —y son bastante frecuentes— son la descalificación y el desprecio hacia mí mismo por estar resentido. Cuando ésta es la evaluación interior que predomina, me siento “malo”, desalmado, un descastado existencial que no merece ser querido ni sentir bienestar, es decir me siento sin ningún respaldo. En este marco psicológico interior de desamparo producido por el autorreproche y la autodescalificación se generan las condiciones más adecuadas para que el resentimiento se intensifique cada vez más. Esta es la razón por la cual las personas más resentidas no son sólo las hipersensibles, que quedan paralizadas por el dolor y el enojo, sino también las que tienen además una fuerte carga de autorreproche.

Las personas con otro temperamento —impulsivas, más motoras que hipersensibles, y que pueden, además, expresar completa y adecuadamente el enojo— no tienen tendencia a padecer esta emoción, o para decirlo con más precisión, el umbral que necesita ser desbordado es más alto.

Como dijimos antes, la persona resentida, al igual que la envidiosa, frecuentemente se siente “mala”.

 

Dar sentido a lo que le pasa a alguien es describir el proceso en el cual experimentó algo que lo desbordó, que generó emociones que no pudo procesar y se convirtieron en tóxicas. Esta dificultad en el procesamiento requiere de una asistencia específica para poder transformarse. Eso es ayudar a curar, a devolverle el sentido amoroso profundo a algo que parece no tenerlo y colaborar para encontrar el camino que lo resuelva.

 

¿Cómo se puede evitar que se produzca el resentimiento?

Los recursos más importantes son:

  1. a) Saber enojarse adecuadamente, y
  2. b) Poder reconocer y expresar el dolor.

 

  1. Enojarse adecuadamente.

Esta capacidad es algo fundamental, incluso más allá del resentimiento, y sin embargo la gran mayoría de nosotros ni hemos aprendido ni se nos ha enseñado qué hacer con la energía del enojo. Por lo tanto, cuando nos enojamos solemos producir más problemas que soluciones, más heridas que reencuentros.

¿Qué es entonces enojarse adecuadamente?

Primero comprender que el enojo es una cuota mayor de energía que disponemos durante un tiempo y cuya función esencial es darnos más fuerza para resolver el problema que nos enoja.

Al observar muchas veces que mi enojo complica más que lo que resuelve, poco a poco voy tratando de anestesiarlo o callarlo.., y cuando hago eso el enojo retenido va evolucionando hacia el resentimiento.

 

  1. Reconocer y expresar el dolor.

La primera reacción ante la frustración es de dolor. Por la decepción, la pérdida, la desilusión.

Sentir y comunicar el dolor suele estar asociado a debilidad. Por lo tanto si uno mismo y el vínculo no están fortalecidos en el afecto estable se produce un rápido viraje hacia el enojo. Entonces el otro deja de ser amigo y se convierte en adversario o enemigo. Ante el enemigo no se siente dolor ni se lo muestra y el enojo además contribuye a anestesiarlo. Este es el círculo vicioso que va alejando cada vez más de la percepción del dolor.

Una de las tareas que tenemos los seres humanos es aprender a legitimar el dolor y reconocer que no es signo de debilidad sino de la vulnerabilidad inherente a nuestra condición de seres sensibles, lo cual es muy distinto.

Nuestra fuerza y nuestra dignidad no residen en no sentir el dolor sino en cómo lo sentimos y expresamos.

Sentir el dolor con dignidad. Esa es una hermosa actitud que merece nuestra reflexión y nuestro aprendizaje. Poder decir: “Me duele muchísimo tu respuesta…” y sentirlo y estar ahí… más allá de cualquier otra consideración acerca de por qué el otro hizo lo que hizo o dijo lo que dijo.

Estar en condiciones psicológicas de vivir la actitud de comunicar el dolor sin reprochar es lo que permite que no anide el resentimiento. El resentimiento es, precisamente, la manera precaria y distorsionada de sentir ese dolor de un modo crónico y enfriado en el distanciamiento.

El transitar esta franja de dolor permite también acercarse mejor a la calidad del enojo que resuelve, y por lo tanto se lo puede expresar más fácilmente. Este es un verdadero círculo virtuoso, porque en la medida en que uno se autoafirma con claridad en un enojo resolutivo se siente más seguro y puede comunicar mejor su dolor sin el temor a sentirse humillado por eso. Expresar bien una emoción facilita expresar bien la otra, y en la medida en que ambas se incluyen, como dijimos antes, no hay espacio para el resentimiento.

 

¿Cómo se resuelve una vez producido?

Es necesario observar y eventualmente transformar la evaluación interior que uno ha hecho acerca de esa parte que está resentida.

Una forma eficaz de lograrlo es desplegando la relación cambiador- aspecto a cambiar de un modo tal que le permita a la persona convertirse por un momento en cada aspecto y desde allí dialogar con el otro.

 

En el despliegue de ese diálogo interior es frecuente observar que en el evaluador interior predomina la reacción de descalificación y reproche. Por ejemplo: “Cómo es posible que sientas eso … ¡Es inadmisible! … Te desprecio…” Cuando se da este tipo de reacción, la parte resentida queda más resentida aún porque ha sido agraviada, generalmente no puede tampoco expresar el enojo que eso le produce… y ese enojo no expresado se hace más resentimiento… Y así es como se consolida y cristaliza esta emoción como consecuencia del maltrato interior.

En la medida en que, en lugar del trato descalificatorio, al aspecto resentido se le da, para transformarse, la oportunidad de transmitir cómo se siente y de descubrir qué trato interior necesita, entonces él mismo comienza a darse cuenta de que no es un depravado esencial sino un ser herido y enojado y que existe una posibilidad de genuina transformación para él.

Cuando se llega a este punto en el trabajo con un paciente, se alcanza un momento verdaderamente muy conmovedor y también el comienzo de la transformación…

Dicha transformación continúa y se profundiza cuando el cambiador realmente escucha al aspecto resentido, puede modificar su actitud descalificatoria inicial y comienza a brindar el trato asistencial que el aspecto resentido necesita.

Una vez restablecido el circuito autoasistencial entre la parte resentida y su cambiador, la persona está en mejores condiciones para que, en el caso de necesitarlo, pueda abrir ese tema con quien lo esté viviendo y transformar resentimiento en enojo activo, que sale del quiste original y queda disponible para los cambios que puedan surgir en ese nuevo diálogo.

Cabe aclarar que cuando hablamos de enojo activo no nos estamos refiriendo a enojarse de cualquier manera con tal de que sea activo sino a captar la esencia del enojo, y expresarlo como autoafirmación clara, firme y respetuosa.

Al hacerlo de este modo uno comprende que en esa actitud no hay pérdida ni sacrificio alguno sino todo ganancia, para uno mismo y para el otro.

Es muy interesante observar también que la autoasistencia interior muchas veces es suficiente para disolver el aspecto resentido y no hace falta la explicitación externa con la persona que lo detonó.

Juega un papel muy importante, además, poder recibir de otras personas aquello no recibido. Esto es especialmente relevante en el resentimiento con los padres. Si estoy resentido con ellos porque “no me miraron”, no me tuvieron en cuenta, y tengo la posibilidad de recibir ese trato de parte de otros (abuelos, tíos, maestros, amigos, terapeutas o cualquier otra persona) estoy en mejores condiciones de comprender por qué ellos no me lo pudieron dar y aceptarlo con una cuota de dolor soportable.

Cuando puedo comprender cabalmente por qué ellos no me lo pudieron dar, comprendo también que aunque la situación haya sido dolorosa, no hay nada que haya que perdonar…

Si en cambio esa carencia sigue presente, la herida permanece abierta y es más difícil la resolución del resentimiento.

 

Muchas personas creen que “si mis padres no me lo dieron, ese vacío va a quedar para siempre”. Esta creencia, además de equivocada, es muy perjudicial pues los deja más anclados en el resentimiento. Es conveniente para todos, pero especialmente para ellos, poder comprender que los padres biológicos no son la única fuente, que tenemos muchos “padres” y “madres” potenciales, y que si estamos disponibles, tenemos nuevas oportunidades de recibir, en las múltiples interacciones de la vida, aquello necesitado.

 

¿Por qué el resentido siempre siente que tiene razón?

Una de las características del enojo es que mientras uno lo siente se refuerza la identificación con la posición propia. Por eso es que mientras estamos enojados siempre sentimos que tenemos razón. Recién cuando el enojo afloja es cuando podemos ver mejor la parte de error y razón de cada uno. Y el resentimiento, en la medida en que es dolor y enojo retenidos, participa de esta modalidad.

 

¿Hay alguna relación entre sometimiento y resentimiento?

En la medida en que el sometimiento impida la expresión del enojo contribuirá a crear las condiciones para que el resentimiento se ponga en marcha, pero el componente central aquí es la expresión del enojo. El sometimiento, la dependencia, la inseguridad o la inmadurez son algunas de las condiciones que la dificultan y, por lo tanto, favorecerán indirectamente el camino del resentimiento.

 

¿El resentimiento cumple alguna función útil?

Es un intento de asegurarme de que eso que me ocurrió no me va a volver a pasar. Porque si me cierro, me endurezco, me enfrío, y desconfío para siempre; eso que me sucedió, no se va a repetir. Si te pedí ayuda desesperado y me cerraste la puerta, y me desorganicé, me confundí, me enojé, y esa escena quedó en “foto fija”, yo me digo: “Mientras esté resentido, duro e insensible, nunca más me voy a exponer a una expectativa que no se va a cumplir. El resentimiento me va a recordar lo que pasó”

Es necesario reconocer que es una forma muy precaria de protegernos porque es masiva, restrictiva y tiene altos costos. Es como suprimir la experiencia para evitar los problemas de la experiencia. Sin duda es preferible tratar de evitar los problemas de la experiencia capacitándose para enfrentarlos cuando se presenten, aunque haya algunos que no se puedan prever o resolver. Es como si una vez me hubiera sorprendido la lluvia sin lograr abrir el paraguas y para que no me vuelva a ocurrir decidiera salir siempre con el paraguas abierto. Seguro que no me voy a mojar pero el modo de lograrlo es muy precario y molesto.

 

¿Puedo estar resentido conmigo mismo?

Las emociones son multidireccionales. Tanto se dirigen hacia el mundo externo como al interno. Si estoy resentido con Juan por una actitud de descuido y desconsideración de él hacia mí, también lo estaré con migo cada vez que yo me haga lo mismo. En este caso los dos aspectos estarán dentro de mí. El resentimiento con uno mismo es, en realidad, una forma de autorreproche puntual y sostenido.

 

¿Siempre que uno no quiere ver más a alguien es por resentimiento?

Si bien puede ser lo más frecuente, no siempre es así. En algunas ocasiones puede ocurrir que lo que un amigo me hizo supere el umbral de lo que puedo admitir de alguien para seguir sintiéndolo amigo. Temas que pueden tener que ver con la lealtad, la solidaridad, el compañerismo, o lo que sea. Puedo asumir concientemente esa decisión y es parte del derecho que me asiste de evaluar y elegir mis relaciones.

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