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Emocionalidad: Conciencia Emocional

El primer paso para adueñarse de las emociones, es hacerse responsable de ellas.

A cierto nivel la emoción es una decisión (consciente o inconsciente) del sujeto. Así como uno decide comportarse de cierta forma, también decide tener pensamientos que promueven determinadas emociones.

Los pensamientos negativos (ilógicos e inútiles) constituyen siempre una de las causas de las emociones autodestructivas; y los pensamientos positivos (lógicos y útiles, aunque no necesariamente alegres) son siempre una de las causas de las emociones constructivas. Esto abre la posibilidad de un diseño racional de los estados de ánimo; al modificar los pensamientos “negativos”, es posible modificar las emociones. Esta modificación, sin embargo, no es trivial, dado que la mayoría de los pensamientos que nos ponen en problemas son automáticos e inconscientes.

Para transformarlos es necesario hacerlos conscientes y analizarlos con la lógica de la racionalidad.

Al comprender que los estados emocionales dependen de la interpretación, uno puede verse como protagonista en vez de víctima de la situación. Por supuesto que el mundo exterior juega una parte importante en la emoción, pero lo que define la emocionalidad y el comportamiento de la persona es su capacidad de respuesta.

El ser humano no está determinado por su entorno, sino que puede usar su libre albedrío para elegir cómo responder a cada situación.

Por ejemplo, al decir “tus palabras me hacen enfadar”, uno está auto marginándose y perdiendo poder. Una interpretación más saludable (orientada al crecimiento y el bienestar) es decir “cuando me interrumpes, siento enfado”. O, a pesar de lo inusual de la expresión, también podría decirse,”cuando me interrumpes, elijo enfadarme”. Otras expresiones corrientes que pueden traducirse responsablemente son: “me pone triste” (a “me entristezco cuando…”), “me da miedo” (a “siento miedo cuando…”), “me hace feliz” (a “me pongo contento cuando…”). Esta forma de ver las emociones permite que la persona se apropie de ellas y obtenga el poder de alterarlas mediante su conciencia.

Esta confusión entre pensamientos y opiniones es muy frecuente, ya que el verbo “sentir se usa indiscriminadamente para describir tres percepciones distintas:

  1. de sensaciones, como por ejemplo “siento hambre o “siento frío”;
  2. de emociones, como por ejemplo “siento miedo” o “siento alegría”; y
  3. de pensamientos, como por ejemplo “siento que Alberto es el mejor candidato” (opinión), o “siento que no me prestas atención” (deducción).

¿Las emociones existen en sí mismas, más allá de quien las sienta?

Estamos habituados a decir: el miedo, el enojo, la culpa, los celos, etc. Y, sin duda, es una manera práctica de nombrar estas emociones pero luego ocurre que se va instalando la creencia de que son entidades en sí mismas, con existencia propia.

Cuando uno imagina que a quien tiene enfrente es al miedo en sí mismo, se activan todas las reacciones de eliminación como: “andate, desaparecé, te pulverizaría, te cortaría en mil pedacitos, te mandaría al fondo del mar…”

Y al decirlo uno está convencido de que eso es lo correcto y que está actuando en nombre del bien, de la salud. Pero quien lo oye es la parte miedosa —que es la única que existe— y luego de escucharlo se siente con más miedo que antes.

De modo que uno intentó hacer cesar el miedo y lo que produjo es su intensificación. Esa es la tragedia de la ignorancia de nuestra mente en su modo de relacionarse con las emociones.

Es bueno recordar entonces que ninguna emoción existe sin alguien que la sienta, y que el foco de la atención debe centrarse siempre en ese alguien.

Y en el caso de que uno desee transformar dicha emoción la actitud adecuada es escuchar y asistir a quien la siente para que su estado cambie y por lo tanto la emoción que lo expresa, también.

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